La muerte del Che

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Por Victor Montoya - Fotografias: Johan Doncel

 

El mismo año en que se decretó la Reforma Agraria en Bolivia, pasó por La Paz un joven de nacionalidad argentina, cuyo nombre era Ernesto Guevara de La Serna; aguerrido de carácter y médico de profesión.

Este personaje de aguda inteligencia y vocación libertaria, pronto se vio envuelto por los gritos revolucionarios de un pueblo que acababa de derribar a la oligarquía nacional, empuñando las mismas armas que inventó la burguesía. Éste fue, acaso, la primera escuela donde el Che aprendió a respirar la pólvora de la revolución, puesto que, catorce años más adelante, ofrendaría su sangre por la libertad en este mismo territorio

El “Che de América”, quien en sus sueños veía los Andes como la Sierra Maestra de la liberación continental, volvió a Bolivia en noviembre de 1966, vía Madrid y Sâo Paulo, con el seudónimo de Adolfo Mena Gonzáles, de nacionalidad uruguaya y como “enviado especial de la Organización de los Estados Americanos (OEA)”. El Che, junto a otros guerrilleros, partió hacia Cochabamba; de allí tomaron la carretera de Santa Cruz, en procura de alcanzar el desvío a Camiri, donde llegó la civilización apenas fue descubierto el petróleo, y donde corrió sangre apenas fue descubierta la guerrilla.

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La noche del 7 de noviembre, el Che se internó en una zona diferente a la Sierra Maestra, en una región cuyas condiciones naturales eran desfavorables para desarrollar la lucha, puesto que Ñancahuazú, a diferencia de la Sierra Maestra, presentaba cadenas montañosas áridas y riscosas; terrenos desprovistos de árboles frutales y escasos en fauna; ríos caudalosos y senderos que se podían vencer sólo machete en mano; climas sofocantes en verano y fríos y lluviosos en invierno. Es decir, la supervivencia en esta zona del sudeste boliviano se tornaba en una verdadera odisea. Además, la Sierra Maestra, donde antes combatió el Che junto a Fidel Castro, era una región económicamente activa, que permitió al Movimiento 26 de Julio formar una red de colaboradores entre los líderes del lugar. En Ñancahuazú, en cambio, aparte de existir regiones que no figuraban en los mapas oficiales, los pobladores actuarían como auténticos soplones.


Con todo, el Che, quien detestaba el desorden, se dio la tarea de organizar una base de retaguardia, que sirviera como campo de adiestramiento militar, depósito de armas, medicamentos, víveres y, sobre todo, como la “primera escuela de cuadros”, con aulas al aire libre, donde los guerrilleros más capacitados impartieran lecciones de gramática, aritmética, historia, economía política e idiomas.

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El Che, a poco de explicar que los cubanos no estaban en la montaña para hacer la revolución en lugar del pueblo boliviano, sino para ayudar a desencadenar la insurrección popular, emprendió la tarea de explorar nuevas bases de operaciones, perdiendo combatientes en las aguas del Río Grande y en algunas escaramuzas. Mientras esto acontecía en Ñancahuazú, desvinculado de la actividad urbana, los distritos mineros eran cercados por el ejército la noche del 23 de junio de 1967. En Siglo XX, Llallagua y Catavi, ni bien se apagaron las fogatas de San Juan, las ametralladoras acallaron el plañir de la sirena del sindicato y acribillaron a los trabajadores, arguyendo que sus dirigentes decidieron apoyar económica y militarmente a la guerrilla.

Régis Debray, refiriéndose a esta masacre impune, escribió: “En el valle y en las minas, el grito revolucionario era ahogado, a un mismo tiempo, por las mismas armas y los mismos enemigos (...) Ni los guerrilleros ni los mineros podían alcanzar sus objetivos respectivamente separados los unos de los otros (...) Hay algo patético en este encuentro fallido, y es que se mutilaba a cada una de las partes por la ausencia la una de la otra: la guerrilla era como un hierro de lanza sin lanza, una punta acerada pero sin mango, que no ofrecía asidero para que un usuario colectivo socialmente apto, la cogiera e hiciera de ella el arma arrojadiza ofensiva que debía ser. Y la vanguardia de la clase obrera era como un asta de madera sin hierro en el extremo, como un arma sin filo ni punta, desprovista de eficacia militar, aun para defenderse contra la agresión enemiga. La reunión de estos dos elementos disyuntivos hubiera traído aparejada la constitución de una respuesta armada de clase, de un verdadero instrumento de victoria”.

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A medida que las horas se hacían días y los días meses, el asma implacable del Che le sofocaba la respiración. No obstante, la tropa guerrillera proseguía la marcha en procura de encontrar al grupo de Joaquín, que se perdió entre los matorrales a falta de medios de comunicación, y con la perspectiva de estimular la lucha revolucionaria en las ciudades y contar, de una vez por todas, con el apoyo del campesinado.

El Che y una veintena de guerrilleros remontaban en dirección al norte, tras la búsqueda de zonas más propicias para la resistencia, sin tener ya reservas alimenticias y golpeados por la noticia de la pérdida de las cuevas, donde depositaron sus documentos y medicamentos. Es decir, la victoria se tornaba cada vez más difusa, a pesar de que se mantenían con la moral inquebrantable.

En el resumen del mes de septiembre, el Che apuntó en su diario: “Las características son las mismas del mes pasado, salvo que ahora sí el ejército estaba mostrando más efectividad en sus acciones y la masa campesina no ayuda en nada y se convierten en delatores”. A esto se añaden las declaraciones del Camba y León, quienes, aprovechando una de las escaramuzas, desertaron dejando la mochila y el fusil, y, por supuesto, la muerte irreparable de Miguel, Coco y Julio, quienes fueron abatidos en una emboscada desprovista de defensa natural. “La emboscada de La Higuera –dice el Inti– marcó una etapa angustiosa y difícil para nosotros. Habíamos perdido tres hombres y prácticamente no teníamos vanguardia”.

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Sin embargo, la columna guerrillera, reducida a un grupo de diecisiete figuras silenciosas, avanzó venciendo los peligros y escondiéndose en la oscuridad, hasta llegar al cañadón del Churo, donde los cerros áridos y los arbustos no ofrecían ninguna protección que los permitiera eludir al enemigo.

El 8 de octubre, el aire era glacial y diáfano. Los Rangers rodearon sigilosamente el Churo y el Che, por última vez, se enfrentó cara a cara con sus adversarios. Hecho prisionero, con una herida en la pierna y sin arma, fue conducido a empellones hacia la rústica escuelita de La Higuera.

La captura del guerrillero fue comunicada de inmediato al presidente de la república, quien, malhumorado por la publicidad que generó el proceso de Régis Debray, pidió que los generales de las tres fuerzas decidieran el futuro del guerrillero. Según se supo después, la votación de los generales fue unánime a favor de la ejecución.

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Al día siguiente, a primera hora, un helicóptero atestado de militares de alta graduación aterrizó en La Higuera. Andrés Selich fue el primero en interrogarle al Che. El militar le aventó un golpe en la cara y el Che le escupió a los ojos. Se sabe también que el general Alfredo Ovando Candia, a tiempo de dar órdenes a su subalterno, dijo: “Liquide a los prisioneros en la forma que sea, pero liquídelos”. Seguidamente, los mismos autores de la masacre en las minas, subieron al helicóptero y se ausentaron hacia la sede de gobierno.

Pasado el mediodía, los asesinos cumplieron las órdenes. Un cabo y un teniente entraron en el aula, donde estaban el Chino y Willy. Se plantaron cerca de la puerta y apuntaron sus M-1 respectivamente. “¡De cara a la pared!”, ordenó el teniente. “Si usted me va a matar, quiero verlo”, replicó Willy. A los contados segundos, una descarga de fuego desplomó a los guerrilleros.

El coronel Zenteno Anaya, protagonista principal del Churo, transmitió las órdenes de ejecutar lo determinado por los asesores de la CIA y poner punto final a uno de los episodios más trascendentales del foco guerrillero en América Latina.

En 1977, “Paris Match” publicó el testimonio del suboficial Mario Terán, quien, borracho, ultimó al Che: “Dudé 40 minutos antes de ejecutar la orden –confesó–. Me fui a ver al coronel Pérez con la esperanza de que la hubiera anulado. Pero el coronel se puso furioso. Así es que fui. Ése fue el peor momento de mi vida. Cuando llegué, el Che estaba sentado en un banco. Al verme dijo: Usted ha venido a matarme. Yo me sentí cohibido y bajé la cabeza sin responder. Entonces me preguntó: ¿Qué han dicho los otros? Le respondí que no habían dicho nada y él contestó: ¡Eran unos valientes! Yo no me atreví a disparar. En ese momento vi al Che grande, muy grande, enorme. Sus ojos brillaban intensamente. Sentía que se echaba encima y cuando me miró fijamente, me dio un mareo. Pensé que con un movimiento rápido el Che podría quitarme el arma. ¡Póngase sereno –me dijo– y apunte bien! ¡Va a matar a un hombre! Entonces di un paso atrás, hacia el umbral de la puerta, cerré los ojos y disparé la primera ráfaga. El Che, con las piernas destrozadas, cayó al suelo, se contorsionó y empezó a regar muchísima sangre. Yo recobré el ánimo y disparé la segunda ráfaga, que lo alcanzó en un brazo, en el hombro y en el corazón. Ya estaba muerto”.

Pasado las 13:00 hrs. todo había concluido para la CIA y sus secuaces nativos.

Los documentos del Che pasaron de su mochila a un cajón de zapatos, que depositaron en la caja fuerte del Alto Mando Militar Boliviano, clasificado como “secreto militar”, su fusil fue a dar a manos del coronel Zenteno Anaya, su reloj Rolex a la muñeca del coronel Andrés Selich y la pipa al bolsillo del sargento Bernardino Huanca, mientras la gesta del Che pasó a ocupar un sitio privilegiado en la historia universal.

 

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