Doméstica, maquilera o prostituta

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Por Laura Aguirre

 

Dos mujeres con las que trabajo cuentan que hace no demasiado tiempo, y en algunas partes de este mundo, las personas vivían diferente, muy diferente.

Oyéronké Oyewumi dice que en los grupos Yoruba, en África, no existían los hombres ni las mujeres. Y no existían, no porque no hubieran seres con pene y vulva capaces de reproducirse, sino porque la organización de su funcionamiento social, politico y cultural no estaba diseñado por géneros. Ni siquiera en su lenguaje aparecen palabras para designarse como hombres o mujeres. Nacer con órganos reproductores femeninos o masculinos no significaba más que eso, la diferencia anatómica entre unos y otros. No más.  Paula Gunn Allen cuenta que algo parecido pasaba en varios grupos nativos de América, donde nacer “hombre” o “mujer” no implicaba relaciones de poder o de dominación de unos sobre otros, simplemente porque ni el sexo ni el género tenían un papel discriminatorio en la organización de esta sociedad.

Lo que más me llamó la atención de estos cuentos es que no son cuentos, son historias de la vida real, en las que el mundo funcionaba de otra manera. No sé si mejor, pero al menos sí radicalmente diferente. 

Por supuesto que con la llegada de las civilización blanca, como ya sabemos, estas otras formas de vivir fueron “civilizadas”. De repente, anatomía y género estaban directamente relacionadas. Nacer con órganos femeninos o masculinos – nacer “hombre” o “mujer”- traspasó y organizó todas las esferas de la vida a la imagen y semejanza de nuestros civilizadores. Los “hombres” naturalmente son, piensan y hacen de una forma; las “mujeres” en relación a los “hombres” son, piensan y hacen de otra manera. Los hombres resultaron ser más poderosos, las mujeres menos poderosas y más subordinadas.

Pero la cosa no quedó ahí. Resultó que no todos los “hombres” y no todas las “mujeres” eran iguales. El hombre y la mujer blanca se convirtieron en el deber ser, en el culmen de la evolución y el poder. Como consecuencia, todos los demás seres humanos quedamos clasificados en una escala racial, en la cual entre más oscura la piel, menos derechos, más salvaje, menos persona, menos todo. Con el tiempo, y entre más moderno el mundo, a esta escala se sumó otro elemento: la clase social. Al final, las personas terminamos valiendo más o menos que otras, siendo más o menos personas, teniendo más o menos poder dependiendo de nuestro género, de nuestra raza y de nuestra clase social  ¿Y esto ya es historia o bien podría ser una imagen del siglo XXI? ¿En qué situaciones podemos ver este complejo entramado de relaciones? ¿podríamos trasladar esta escala de diferencias a El Salvador?

Yo pienso que sí, y que además es importante planteárselo porque complejiza las relaciones de desigualdad más allá de la tradicional relación de opresión del hombre hacia la mujer, y nos ubica a todos y todas dentro de esta escala de desigualdades, no solo como producto, sino también –y esto es para mi lo fundamental- como partícipes y reproductores y reproductoras de estas relaciones de desigualdad y de opresión.

A modo de ejercicio, y a partir del ejemplo de los Yoruba y grupos nativos americanos, me pregunto: ¿cómo NO sería nuestra sociedad si estuviera organizada de otra manera? ¿qué podría haber sido diferente?

Por ejemplo, el derecho fundamental de cualquier ciudadano al sufragio, aprobado en El Salvador desde 1841, no habría sido un derecho exclusivamente para las personas que nacieron hombres. Pero no era un derecho para todos los hombres, sino solo para aquellos que eran propietarios y con un nivel de estudios alto. Todos los demás hombres tuvieron que esperar hasta 1883. Y mis abuelas, por nacer mujeres, no habrían tenido que esperar hasta 1939 para que se aprobara el voto femenino. Pero de nuevo, no para todas las mujeres, solo para aquellas casadas mayores de 25 años y con algún nivel de estudio. Fue hasta 1950 que por fin se aprobó que cualquier persona salvadoreña mayor de edad, independientemente de su género, clase o raza, pudiera votar.

Y no habrían hecho falta dos guerras mundiales para que se crearan oficialmente los Derechos Humanos con una distinción explicita a la igualdad entre hombres y mujeres. Y ni siquiera habría tenido sentido la creación de tantos tratados internacionales y leyes para garantizar la no violencia y la no discriminación contra las mujeres; ni toda la lucha de los movimientos de mujeres para lograr el reconocimiento de derechos de igualdad.

Y tampoco le hubiera tocado a nuestros padres, por nacer hombres, asumir sin más ellos solos el papel del proveedor fuerte, cabeza de familia que siempre sabe qué hacer y cómo resolver. Y muchas de nuestras madres no habrían tenido que asumir con naturalidad el cuido de la casa y familia al mismo tiempo que integrarse a la vida laboral asumiendo muchas veces menos sueldo por la misma carga de trabajo que sus compañeros hombres. 

Y haber nacido en el campo o indígena o negro no tendría porque determinar nuestras opciones. En El Salvador, como hombre, pobre, campesino, las opciones de trabajo, estudio y movilidad social son unas, no muchas. Y si nazco mujer probablemente no parezca necesario mandarme a la escuela y, como los hombres, lo más probable es que me toque migrar a la ciudad o a otro país. Según muchos estudios, como mujer, campesina o pobre urbana tres son los campos de trabajo a los que mayor acceso tendría: como doméstica, en la industria textil (maquila) o en el mercado sexual. Si tengo suerte caería en una buena casa, donde la patrona me trataría bien y me pagaría el mínimo, y la gente comentaría lo privilegiada que soy por tener tan  buena patrona. Y si me pagaran las horas extras y me dieran las horas para amamantar a mis hijos, la gente comentaría la suerte que tengo de trabajar en una maquila tan buena. Y si me hago prostituta, tendría suerte si alguien me rescata. Todo porque en la cabeza de mucha gente todavía se consideran privilegios los que de hecho son derechos.

Pero claro que siempre tendría la opción de migrar a otro país y buscar en ese otro lugar las oportunidades que no se me dan donde nací. Si lograra llegar a mi destino tendría suerte de poder trabajar con buena paga, aceptando cualquier condición porque soy migrante indocumentado, pobre, latino en la construcción o en el sector de servicios. ¿Y si soy mujer, migrante indocumentada y latina? Pues ahí el escenario no cambia mucho, las mismas tres oportunidades se abrirían para mi: doméstica, maquila o la prostitución.

Y así, los ejemplos podrían ser muchos y las permutaciones infinitas, donde la división hombre/mujer definitivamente solo explican parte de estas y muchas otras desigualdades y opresiones. Es por eso que para cambiar las estructuras de poder no solo hace falta seguir exigiendo, sino también reconocer las múltiples opresiones con las que vivimos y cuáles nos afectan. Pero sobre todo ser concientes de nuestra posición y nuestro papel en producción y reproducción de este sistema de desigualdades. Solo así se puede pensar en un mundo más justo para todas las personas. 

Etiquetado en Poesía y Reflexiones

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