SOBRE ERNESTO CHE GUEVARA

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El Che es un ejemplo, una fuerza moral indestructible


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Entrevista a Fidel Castro - Fotografias: Johan Doncel


Después de la Crisis de Octubre, el peligro de una agresión norteamericana se aleja. La Revolución prosigue su consolidación. El Che Guevara empieza a recorrer el mundo. Parece que él se interesaba mucho por lo internacional, por el movimiento antimperialista, ¿no?

Era bastante observador de la situación del Tercer Mundo. Se preocupó por los asuntos internacionales, por la Conferencia de Bandung, el Movimiento de los No Alineados y otros temas. Él se marcha en 1965, había recorrido el mundo, sostuvo reuniones con Zhou Enlai, con Nehru, con Nasser, Sukarno, porque tenía en realidad mucha vocación internacionalista y mucho interés por los problemas del mundo en desarrollo.

En relación con China, recuerdo que el Che habló con varias personalidades chinas, hizo contacto con Zhou Enlai —como ya dije—, se reunió con Mao, se interesó por el pensamiento revolucionario chino. No tuvo conflictos con los soviéticos; pero es obvio que él era más partidario, o veía con mayor simpatía a China.

Incluso visitó Yugoslavia, a pesar de la autogestión y todas esas cuestiones que a mí, realmente, no me agradaban mucho. Porque una cooperativa tenía hoteles y otras actividades que la apartaban de su objetivo original, y ya yo había visto algunas en Cuba que, a veces, en vez de dedicarse a la agricultura, se dedicaban al comercio y al turismo.

Él, en diciembre de 1964, estuvo en Naciones Unidas, luego en Argelia, y estuvo viajando por África también en los primeros meses de 1965.

Sí; pero ya después, eso fue una estrategia, en la fase final del desarrollo de su misión, cuando ya se había tomado la decisión de que él fuera a Bolivia. Estaba bien, con un entusiasmo tremendo, y tenía el propósito de contribuir a la revolución en Argentina. Iba creando condiciones, porque entonces todos nos querían destruir y la respuesta nuestra era cambiar lo que existía. Esa fue la gran verdad. Siempre nos atuvimos a ese principio.

Pero a ustedes se les siguió acusando de "exportar la revolución".

Para aquella época, en los años 60, ya nadie en América Latina tenía relaciones diplomáticas con nosotros; excepto —como dije— México. Nosotros en aquel momento nos atuvimos a las normas internacionales. Sí queríamos la revolución, la deseábamos, por doctrina, por convicción; pero respetábamos el derecho internacional. Yo sostengo, además, que la revolución no puede ser exportada, porque nadie puede exportar las condiciones objetivas que hacen posible una revolución. Siempre hemos partido de ese criterio y seguimos pensando así.

Después del triunfo de la Revolución, yo estuve, en mayo de 1959, en Buenos Aires. Esa visita coincidió con una reunión de la OEA [Organización de Estados Americanos], y allí planteé una especie de Plan Marshall para América Latina —como el famoso plan de ayuda a la reconstrucción de Europa—, y estimé su costo en 20 mil millones de dólares. Bueno, no contaba con la experiencia de ahora ni mucho menos. Pero sí tenía algunas ideas: experiencia internacional no mucha, excepto todo lo que había leído a lo largo de mi vida y las meditaciones sobre el tema. Mi experiencia concreta sobre América Latina tampoco era mucha. No obstante tuve la iniciativa de plantear en Buenos Aires la cuestión del desarrollo. ¿Sabe cuánto debía América Latina en aquella época?

No.

Cinco mil millones de dólares.

Comparada con la deuda que tiene hoy —850 mil millones de dólares— no es gran cosa.

América Latina tenía entonces la mitad de la población, eran menos de 250 millones de latinoamericanos; hoy cuenta con más de 500 millones de habitantes. La deuda externa —no hablo de deuda interna, que es también deuda de la nación con los que tienen mucho dinero— es deuda que el país tiene que pagar al extranjero con intereses. Esto no comprende fuga de capitales, intercambio desigual, la fuga de capital hacia países de moneda fuerte y economía más sólida, los privilegios que Bretton Woods concedió a Estados Unidos, los derechos de quien imprime el dólar en el mundo. Ya el refugio del papel moneda no es el oro, porque el presidente Nixon, en agosto de 1971, suspendió unilateralmente la conversión del dólar en oro y no quedó más que el dólar, la única divisa existente en este hemisferio; todas las demás variaban mucho y ninguna era segura. Entonces todo el dinero de todos los países latinoamericanos, bien o mal habido, tiende a fugarse, y se fuga hacia Estados Unidos.

Ese plan que propuso usted en la OEA fue rechazado, me imagino.

Con aquel plan se hubieran evitado muchas tragedias en este continente. Y dos años después, ya se lo mencioné, Kennedy retornó la idea y planteó una suerte de Plan Marshall para América Latina, la Alianza para el Progreso: reforma agraria, reforma fiscal, construcción de viviendas, etcétera.

Lo cual no le impidió seguir hostigando a Cuba.

Sí, en aquel entonces ellos nos liberaron de compromisos. Pienso que existían condiciones objetivas, y que lo hecho por el Che fue absolutamente correcto, no hubo ni la menor discrepancia. En ese momento ya se habla de la política intervencionista de Estados Unidos, y el presidente John Kennedy, realmente un tipo con talento, tuvo la desgracia de heredar aquella expedición de Playa Girón contra Cuba, y la recibe y asimila. Es valiente en la derrota, porque asumió toda la responsabilidad y dijo aquella frase: "La victoria tiene muchos padres, la derrota es huérfana".

Kennedy se entusiasmó mucho con los "boinas verdes", las tropas especiales, y las envió a Vietnam. Él había sido combatiente en la Segunda Guerra Mundial, se portó bien, según se afirma, pero se compromete irresponsable e injustificadamente con la atroz e ignominiosa guerra en Vietnam, da los primeros pasos y comienza a enviar refuerzos. Por ahí empezó todo. Los vietnamitas, que en 1954 ya habían ganado una guerra contra Francia, a su vez —según nos han contado ellos—, viendo la victoria de la Revolución Cubana en Playa Girón, se sintieron inspirados, siempre han dicho que lo nuestro ejerció influencia, y tuvieron confianza en que podrían luchar. Tal vez fuera cortesía. Ellos siempre mantuvieron su combativa organización en el Sur.

También Vietnam los inspiró a ustedes. El Che decía: "Hay que crear dos, tres, muchos Vietnam".

Yo le doy toda la razón, y afirmo que doce años después de su muerte, en 1979, ya se había acabado la guerra de Vietnam, y triunfa el movimiento sandinista en Nicaragua, con un tipo de lucha como la que nosotros llevamos a cabo y como la del Che. También se desarrolla el movimiento salvadoreño con temible fuerza, uno de los que más experiencia adquirió.

Ustedes ayudaron bastante a los salvadoreños, ¿verdad?

Ofrecimos nuestra modesta cooperación. Los vietnamitas, a raíz de su victoria en 1975 sobre Estados Unidos, nos entregaron muchas armas norteamericanas recuperadas por ellos después de la caída de Saigón; nosotros las transportamos en barco, pasando por el sur de África, y una parte se las entregamos a los salvadoreños del FMLN [Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional].

¿Ustedes estimaban que las condiciones estaban dadas en América Latina para que pudiese repetirse otra experiencia revolucionaria como la de Cuba?

Mire, hay factores de orden subjetivo que pueden cambiar la historia. A veces existen condiciones objetivas para los cambios revolucionarios y no se dan las condiciones subjetivas. Fueron los factores de carácter subjetivo los que impidieron que realmente, en aquella época, no se extendiera la revolución. El método de la lucha armada estaba probado. Ya le digo, Nicaragua triunfa doce años después de la muerte del Che en Bolivia. Es decir que las condiciones objetivas en muchos países del resto de América Latina eran superiores a las de Cuba. Aquí existían muchas menos condiciones objetivas, pero eran suficientes para hacer una, dos o tres revoluciones. En el resto de América Latina las condiciones objetivas eran mucho mayores.

Debo decir que nosotros contribuimos mucho a la unidad de aquella gente en Nicaragua, en el Salvador, en Guatemala. A los sandinistas, que estaban divididos; a los salvadoreños, divididos en no menos de cinco organizaciones; a los guatemaltecos, igualmente fragmentados. La misión nuestra fue unir, y realmente logramos unirlos. Hemos sido solidarios y hemos dado alguna modesta cooperación a los revolucionarios de Centroamérica. Pero ser solidario y dar alguna forma de cooperación a un movimiento revolucionario no significa exportar la revolución.

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Pero ustedes ayudan al Che a llevar la revolución a Bolivia.

Sí, cooperamos con el Che, compartíamos sus puntos de vista. Che tenía razón en aquel momento. Entonces se habría podido extender la lucha, lo creo con franqueza. En aquella época, 1968, todavía no había surgido Torrijos en Panamá. Se producen igualmente otros fenómenos, el triunfo de Allende en Chile en 1970, y comienzan a restablecerse las relaciones con Cuba.

En Colombia ya existía la guerrilla, desde 1948, desde antes que nosotros libráramos la lucha en Cuba. Pero esa es otra historia más complicada, porque allí durante bastante tiempo la guerrilla fue vista un poco como el Movimiento 26 de Julio lo era en Cuba. Surgieron después una serie de factores colaterales. No quiero hacer análisis sobre el tema, algo siempre muy delicado.

¿Che le cuenta a usted, le dice cuál es su proyecto con respecto a Bolivia y Argentina? ¿Usted comparte con él eso?

Él estaba impaciente. Lo que se proponía hacer era difícil. Por nuestra propia experiencia, le digo al Che que podían crearse mejores condiciones. Le planteamos que hacía falta tiempo, que no se impacientara. Deseábamos que otros cuadros menos conocidos adelantaran los pasos iniciales y crearan las mejores condiciones para lo que él quería hacer. Él sabía lo que es la vida guerrillera, sabía que se necesitaba una resistencia física, una edad determinada. Y aunque él se sobreponía a las limitaciones y tenía una voluntad de acero, sabía que si esperaba más tiempo no estaría en las mejores condiciones físicas.

Llegó el momento en que él ya está preocupándose por esos factores, aunque no lo exteriorizaba. Había otras consideraciones de gran peso en él: haber enviado, casi en los primeros años de la Revolución, a un periodista, Jorge Ricardo Masetti —que estuvo con nosotros en la Sierra, después fue fundador de la agencia Prensa Latina, Che y él eran muy amigos—, a organizar un grupo guerrillero en el norte de Argentina. Y Masetti murió en aquella misión. El Che era además una persona que cuando enviaba a un hombre a una misión y ocurría la tragedia de la muerte, eso le impactaba considerablemente. Le dolía cada vez que se acordaba de los compañeros que murieron. Eso puede observarse en el diario que escribe en Bolivia, cuando se lee lo mucho que lo impactó, por ejemplo, la muerte del compañero Eliseo Reyes, el "Capitán San Luis", y él lo escribe en su diario: "Hemos perdido al mejor hombre de la guerrilla, y, naturalmente, uno de sus pilares".

Uno de los que estuvo allí, en Bolivia y en el norte de Argentina, en 1962, es nuestro actual ministro del Interior, Abelardo Colomé Ibarra, "Furry", que tenía entonces 22 años. Ya había muerto Masetti. El Che estaba pensando en su plan, desde luego, plenamente apoyado por nosotros, de acuerdo con la promesa contraída.

Cuando el Che, impaciente, quiere ir a cumplir su misión, le digo: "No están preparadas las condiciones". No quería que él fuera a Bolivia a organizar un grupo pequeño, sino que esperara a que estuviera organizada la fuerza. Habíamos vivido en nuestro caso toda la epopeya de la etapa inicial de nuestra guerrilla. Yo decía: "El Che es un jefe estratégico, debe ir para Bolivia cuando ya esté desarrollada una fuerza suficientemente sólida y probada". Él estaba impaciente; pero no existían aún las condiciones mínimas imprescindibles. Tuve que convencerlo: "No están creadas las condiciones". Porque él era un cuadro estratégico, con una experiencia grande y condiciones de estadista, no debía arriesgarse en esa etapa inicial.

Nosotros estábamos ayudando en el Congo a la gente de Lumumba. Ya habíamos cooperado con los argelinos en su guerra de 1961 contra la invasión marroquí. Che estaba impaciente. Pero como África y su lucha lo atraían mucho, le propongo ir al África para una importante tarea, mientras se creaban las condiciones mínimas en Bolivia para iniciar una lucha, cuyo objetivo fundamental era su patria: Argentina, para lo que después sería una lucha más amplia en la región. La tarea en África era muy importante por la necesidad de dar apoyo al movimiento guerrillero en el Este del Congo belga contra Tshombé, Mobutu y los mercenarios europeos.

En su diario de África, el Che es muy crítico con los jefes de aquella guerrilla.

Él era muy crítico, de aquellos jefes o de cualquiera. Tenía esas características, el hábito de ser muy crítico y autocrítico. Era duro en las críticas de los demás y con él mismo.

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¿Era duro consigo mismo?

Sí, era muy exigente con él, ya le conté lo de México y el Popocatépetl. Incluso, a veces, por cualquier bobería en que él se hubiera desconcertado un segundo, se criticaba a sí mismo. Pero era también muy honesto y muy respetuoso.

Se topó obstáculos muy grandes en África cuando llega allí en abril de 1965. Es maravillosa la historia. En un momento dado intervenían mercenarios blancos, surafricanos, rhodesianos, belgas y hasta cubanos contrarrevolucionarios que trabajaban para la CIA. Las fuerzas africanas no estaban suficientemente preparadas. El Che quería enseñarles a combatir, explicarles que podía haber una variante u otra. Porque cuando adquieren una experiencia, una cultura de guerra, aquellos congoleños son soldados temibles. Les faltaba esa cultura, y cuando la adquirían se volvían extraordinarios soldados, soldados temibles. También tenían esa característica los etíopes; y los namibios, y los otros, los angolanos, cuando adquirían la cultura de guerra, eran igualmente soldados extraordinarios.

Esa cultura de la guerra no había sido adquirida todavía por los combatientes que estaban en el Este del Congo. Se lo dijimos al Che. Enviamos desde La Habana compañeros nuestros para analizar la situación, y dispuestos a apoyarlos. Si hubiera habido que enviar más tropas, lo habríamos hecho, pues disponíamos aquí de voluntarios de sobra; pero realmente aquella lucha no tenía perspectivas, no había condiciones para su desarrollo en ese momento, y le pedimos al Che que se replegara.

Él se quedó alrededor de siete meses en el Congo. Y de ahí va a Tanzania, está un tiempo allí, en Dar-es-Salaam.

A todas estas el Che se ha despedido, y, como es lógico, se ha marchado —se puede decir—clandestinamente de Cuba. Entonces comenzaron las calumnias, comenzó a decirse que el Che había "desaparecido".

La prensa internacional decía que había una ruptura entre ustedes, desacuerdos políticos graves, se decía que aquí lo habían encarcelado y hasta que lo habían matado...

Nosotros soportamos silenciosamente aquella sarta de rumores y calumnias. Pero él, al marcharse, a finales de marzo de 1965, me había escrito una carta de despedida.

¿Usted no había hecho pública esa carta?

No. Yo tenía la carta en mi poder, y la hago pública el 3 de octubre de 1965, en el acto en que se anuncia la constitución del Comité Central del nuevo Partido Comunista de Cuba, porque había que explicar la razón de la ausencia del Che en ese Comité Central. Entretanto, la calumnia andando, el enemigo sembrando la cizaña y la duda, difundiendo el rumor de que el Che Guevara había sido "purgado" por discrepancias con nosotros

Había toda una campaña de rumores.

Él me hace aquella carta espontáneamente, creo que hasta con mucha franqueza: "Me arrepiento de no haber creído suficientemente en ti... ". Y habla entonces de la Crisis de Octubre y otras cosas. Yo pienso que él no creía en mucha gente, porque era muy crítico.

Un día había escrito unos versos para mí. Yo ni siquiera lo sabía. Siempre fue conmigo muy afectuoso, siempre fue respetuoso y siempre acató mis decisiones. Yo no me le imponía, yo discutía, no suelo dar órdenes; suelo persuadir de lo que debe hacerse. Muy rara vez tuve que decirle: "Tú no vas a hacer esto", prohibirle algo.

De África, él se va a Checoslovaquia, a Praga, en marzo de 1966; una situación complicada; está allí, de hecho, clandestino. Como ha escrito la carta de despedida y como él tenía un pundonor tremendo, no le pasaba por la mente, después de haberse despedido, volver a Cuba. Pero los cuadros para lo de Bolivia ya estaban escogidos y se preparaban. Entonces yo le escribo una carta en la que le razono, apelo a su deber y a la racionalidad.

¿Para que regrese a Cuba?

Sí. Creo que la familia ha publicado esa carta. Le hago una carta y le hablo así, serio. Lo persuado de que regrese, le digo que es lo más conveniente para lo que él quería hacer: "Desde allá es imposible hacer esto. Tienes que venir". No le digo "tienes que venir" como una orden; lo persuado, le digo que su deber es regresar, pasar por encima de cualquier otra consideración, y terminar la preparación para el plan en Bolivia. Y él regresa clandestinamente. Bueno, nadie lo conoció en ninguna parte. Tampoco durante el viaje. Volvió aquí en julio de 1966.

¿Estaba disfrazado?

Mire, estaba tan disfrazado que una vez yo invité a unos cuantos compañeros de la Dirección, les dije que quería que conocieran a un amigo muy interesante. Estuvimos almorzando, y ninguno lo reconoció. Fíjese si estaba de verdad disfrazado.

¿Raúl estaba frente a él y no lo reconoció?

Raúl se había despedido de él unos días antes en el centro donde se entrenaba, y el día del almuerzo se encontraba de visita en la URSS. Ninguno de los que estaban conmigo se dio cuenta de que era el Che. Indiscutiblemente, nuestra gente fue muy capaz al disfrazarlo, transformarlo. Él fue a un lugar de Pinar del Río, en una zona montañosa, donde hay una casa, la finca de San Andrés. Allí organiza la fuerza, pasa meses preparándose con los quince hombres que iban a acompañarlo. Él escogió a la gente que deseaba. También fue donde vio las últimas veces a su esposa y a sus hijos. Y allí yo lo visitaba.

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¿Para llevársela a la guerrilla de Bolivia?

Algunos eran guerrilleros veteranos de la Sierra, otros habían luchado con él en el Congo. Él conversó con cada uno de ellos.

Yo le puse algunas objeciones con algunos compañeros. Le dije: "Mira, no hagas esto". Iba a separar a dos combatientes, dos hermanos que habían estado muy unidos, y le digo: "No separes a estos hermanos, déjalos", eran buenos. Sobre otro, de quien yo conocía mucho sus características, muy buen soldado, pero a veces era un poco discutidor.

Le advertí en algunos casos. Todos los que fueron a Bolivia eran excelentes; entre ellos Eliseo Reyes, el "Capitán San Luis", de quien él escribe cuando muere: "Tu figura pequeña de capitán valiente..."; de Neruda saca aquella frase —él leía mucho a Pablo Neruda—, un verso muy bonito, está en su diario de Bolivia. Él lo quería entrañablemente. El Che era ese hombre también.

Él escogió a todos, y lo discutimos. Le hice algunas sugerencias, y él defendió a aquel que tenía grandes cualidades, pero a quien yo conocía y tenía temor a alguna indisciplina, y eso era muy importante. Yo hablé mucho con él hasta cuando se fue, en octubre de 1966. ¡Con qué entusiasmo se fue!

Se ha discutido mucho sobre la región de Bolivia, Ñancahuazu, en la que el Che instala la guerrilla. ¿Usted qué piensa?

Cuando él fue para Bolivia, eso no tenía otra alternativa, porque en aquella situación, con los hombres que llevaba de su plena confianza, su experiencia... Bueno, él conocía aquello. Debray había ido, había prestado algunos servicios como periodista, reunió mapas. Yo le di esa tarea.

¿Usted manda a Régis Debray a Bolivia?

Yo lo mando a recoger información y mapas de aquel territorio.

Che no está allí todavía. Cuando él llega, en noviembre de 1966, empieza a organizar a la gente.

Al final —eso es lo que pienso, y yo lo conocía muy bien— estaba haciendo un excelente movimiento y ya tenía cuadros bolivianos, como Inti Peredo y otros. Él conocía bien a los bolivianos, su carácter, y me lo dijo. Inicialmente se instalaron, por lógica precaución, en una zona donde existía una base campesina. En el lugar escogido por él, mientras hace una excursión entrenando a la gente, que se prolongó, surgen problemas. Realiza una breve incursión a una zona más poblada y, cosa increíble, por tercera vez —ya le hablé de las dos primeras— el Che no llevaba los medicamentos.

¿En Bolivia, él no tenía medicamentos para su asma?

Se queda sin medicamentos, es la tercera vez. Él sale a hacer una excursión, una larga excursión que se prolongó mucho, estuvo casi cuarenta días. Sale de nuevo en breve incursión, y la medicina para el asma queda en el campamento, que fue ocupado por el ejército boliviano. De esto se derivaron serias dificultades.

¿Cómo explica usted la muerte del Che?

El Che, cuando regresa de la excursión prolongada, se encuentra ya problemas, se produce una bronca entre el dirigente del Partido comunista boliviano, —Mario Monje, que tenía gente allí, y uno de los dirigentes de la otra línea anti Monje, llamado Moisés Guevara. Monje pide mando, y el Che era muy recto, rígido... Yo pienso que el Che debió hacer un mayor esfuerzo de unidad, es una opinión que le doy. Su carácter lo lleva a ser muy franco y entabla una áspera discusión con Monje, muchos de cuyos cuadros habían ayudado a la organización, porque Inti y los demás eran de ese grupo. Lo que Monje reclamaba era imposible: ser jefe de aquella fuerza, una ambición indignante e inoportuna.

Ya había algunos problemas, y algo que no se ha mencionado o apenas se menciona, y que hizo mucho daño al movimiento revolucionario en América Latina: la división entre prosoviéticos y prochinos. Eso dividió a toda la izquierda y a todas las fuerzas revolucionarias en el momento histórico en que existían las condiciones objetivas y era perfectamente posible el tipo de lucha que el Che fue a promover allí.

¡Los esfuerzos que tuvimos que hacer cuando sabemos que se produce esa ruptura! En diciembre de 1966 Mario Monje viene aquí. Viene luego el segundo jefe del Partido, Jorge Kolle. Yo los invité y les expliqué lo que había pasado. A Juan Lechín, un líder obrero conocido, lo invitamos también, y estuve como tres días con él por la zona oriental para persuadirlo de que ayudara al Che. Lo prometió.

¿Usted invita a Lechín aquí en La Habana?

Sí, porque estaba muy preocupado con la ruptura. Pienso que realmente no había ninguna razón para exigir aquel mando, simplemente tal vez hubiera hecho falta un poco, digamos, de mano izquierda. Porque, en realidad, si Monje lo pide, el Che le podía dar el título de general en jefe, de lo que quisiera, sin mando de tropa. Había un problema de ambición, la aspiración era un poco ridícula. Monje no poseía las condiciones para dirigir aquello.

Fidel con el Che antes de partir para el Congo.

¿El Che pecó por rigidez?

Lo del Che era superhonradez, era superhonradez, y el término diplomacia, no engaño, el término astucia, posiblemente le repugnaba.

Pero, óigame bien, si en nuestra propia Revolución ¿cuántas veces descubrimos nosotros ambiciones en los hombres? ¿Quién podía sustituir? ¿Quién tenía prestigio y talento para ocupar una determinada responsabilidad? Majaderías. Más de una vez nosotros tuvimos que entregar mandos y hacer concesiones. Hace falta un cierto tacto en determinadas condiciones en que si tú vas directo no encuentras solución. En aquel momento esa ruptura entre Monje y el Che hacía daño.

¿Perjudicaba?

Perjudicaba mucho. No se sabe los esfuerzos que hicimos nosotros por impedir el daño.

Para conciliar.

Usted no se imagina aquí, incluso, algunas cosas que toleramos, errores grandes. iErrores grandes! Cometidos a veces por uno o por otro. Hicimos siempre, por encima de todo, una crítica al hecho, pero con el espíritu de unidad.

Claro que Monje actuó mal, y después, ya le digo, vino el segundo del PCB, Jorge Kolle, y lo convencí de que, a pesar de la disciplina partidista, no podía dejar abandonada a aquella gente. Llamé a Lechín, conversé con él, lo convencí de que apoyara al movimiento guerrillero.

Pero ya, cuando apenas el Che llega de su recorrido, después de esa excursión —que se extendió, porque él sometía a prueba a los hombres, los entrenaba a partir de la propia experiencia que habíamos tenido en las montañas—, entonces se encuentra aquellos problemas allí, y casi inmediatamente hay una fuerza enemiga que está entrando y la guerrilla cae en una emboscada del ejército.

En un momento, sufren una traición. Y ya el ejército sabe que hay una fuerza guerrillera en la zona. Es cuando, digamos, prematuramente, se desarrollan los combates, y lo que no queríamos se produce; queríamos que, antes del primer combate, estuviera organizado un frente, y había fuerzas con qué organizarlo.

Sin embargo, los factores políticos vinieron a influir. En su diario el Che lo explica todo. Se produce lo siguiente: se divide el grupo. Él trata todo el tiempo de buscar el contacto con "Joaquín" y el grupo de "Joaquín", en el que estaba Tania. Invierte todo ese tiempo y se producen una serie de combates en el recorrido tratando de reunirse con "Joaquín". Es cosa curiosa, el Che llevó meses buscándolo, ¡meses! Él creía que era una mentira cuando escuchó por radio la noticia de la destrucción de aquel grupo.

Pero, en un momento dado, se convence de que ciertamente es real el aniquilamiento del grupo de "Joaquín", que se había producido bastante tiempo atrás. Él marchaba con Inti Peredo y los demás guerrilleros hacia una zona donde Inti tenía contactos e influencia; pero recibe aquellas noticias. Eso lo impacta mucho y creo que, en ese momento, reacciona con cierta temeridad. Él va, además, con algunos compañeros que no están en buenas condiciones, casi no pueden moverse, eso retrasa, pero va avanzando; ya tiene cuadros bolivianos.

Todavía ese grupo, si llega a aquella zona, prospera; pero él mismo cuenta en el diario cuando llega a una tienda, y escribe: "Vamos precedidos por radio ‘Bemba’, todo el mundo nos está esperando"; pero sigue. Llega por el mediodía a una aldea, está vacía. Aldea vacía es señal de cosas extrañas, de la posible presencia de una fuerza, y él a esa hora continúa su marcha, en pleno día. Va a la vanguardia Inti. En ese momento, una tropa, una compañía que está observándolo todo, mata a un miembro boliviano de la guerrilla, a algunos otros; rechazan la pequeña fuerza guerrillera, y el Che tenía enfermos y unos pocos compañeros en condiciones de luchar cuando cae allí en una zona sumamente difícil, la quebrada de El Yuro, donde combate y resiste hasta el momento en que una bala lo deja sin arma.

El Che no era hombre que pudiera caer prisionero; pero una bala le obstruye su fusil, y, ya muy cerca, lo hieren. Está herido y sin fusil, así es como lo apresan y llevan a un pueblito cercano, La Higuera. Al día siguiente, el 9 de octubre de 1967, al mediodía, lo ejecutan a sangre fría. El Che sí que no habría temblado jamás, porque, al contrario, cuando tenía una situación de peligro era cuando más se crecía.

¿Usted piensa que él se hubiese inmolado?

Bueno, yo antes de caer prisionero me hubiera inmolado. Es seguro que él lo habría hecho también; pero es que él no tiene alternativa, está combatiendo, que es lo que tiene que hacer. El Che era el hombre que luchaba hasta la última bala, y que no tenía ningún temor a la muerte.

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¿Cómo se entera usted de la muerte del Che?

Aunque consciente de los peligros que él estaba corriendo desde hacía meses, y de las condiciones extremadamente difíciles que enfrentaba, su muerte me pareció algo increíble, un hecho, no sé, al que uno no puede acostumbrarse fácilmente. Pasa el tiempo y, a veces, uno sueña con el compañero que murió, y lo ve vivo, conversa con él y, de nuevo, la realidad nos despierta.

Hay personas que, para uno, no murieron; poseen una presencia tan fuerte, tan poderosa, tan intensa, que no se consigue concebir su muerte, su desaparición. Principalmente por su continua presencia en los sentimientos y en los recuerdos. Nosotros, no solo yo, sino el pueblo cubano, sufrimos de manera extraordinaria con la noticia de su muerte, aunque no fue inesperada.

Llegó un cable noticioso informando lo que había ocurrido en la quebrada de El Yuro el 8 de octubre de 1967. En la mayoría de los cables lo que se anunciaba era mentira, pero ese cable narraba algo que había ocurrido realmente, porque aquella gente no tenía la imaginación suficiente para inventar una historia ajustada a la única forma en que una guerrilla podía exterminarse. Para mí la conclusión fue instantánea: vi que era una noticia veraz.

El hábito de estar siempre interpretando cables, en que tú ves mentiras, mentiras y mentiras, sin ninguna imaginación, y de repente te das cuenta de que no podían inventar la historia de la única forma como pudieron liquidar a ese grupo.

Ahora, lo interesante no es leer solo lo que escribe el Che en su diario, sino lo que escribieron los jefes que combatieron contra él. Es impresionante la cantidad de combates y de éxitos que tuvo aquel puñado de hombres.

Nosotros sufrimos mucho —era lógico que sufriéramos cuando llega la noticia de su muerte, comprobada. Fue por eso que, en el dolor de la muerte, por aquellos días pronuncié un discurso en que pregunto: "¿Cómo queremos que sean nuestros hijos?", y respondo: "Queremos que sean como el Che", y eso se convirtió en una consigna de nuestros pioneros: "Pioneros por el comunismo: Seremos como el Che".

Después llegó el diario; no se sabe lo que vale, para conocer todo lo ocurrido, su idea, su imagen, su entereza, su ejemplo. Un hombre de un pudor, de una dignidad y de una integridad enormes, es lo que es el Che y lo que el mundo admira. Un hombre inteligente, un visionario. El Che no cayó defendiendo otro interés u otra causa que la causa de los explotados y de los oprimidos de América Latina. No cayó defendiendo otra causa que la causa de los pobres y de los humildes de la Tierra. La causa del Che triunfará, la causa del Che está triunfando.

Su imagen está en todo el mundo.

El Che es un ejemplo. Una fuerza moral indestructible. Su causa, sus ideas, en esta hora de lucha contra la globalización neoliberal, están triunfando. Y luego, en junio de 1997, ¡qué mérito el de los que encontraron su cadáver y el de otros cinco compañeros! Hay que agradecer, incluso, a los bolivianos, a las autoridades; cooperaron, ayudaron.

¿Para encontrar sus restos?

Ese hombre, Jorge González, que hoy es rector de nuestra Facultad de Ciencias Médicas, ¡qué mérito!, cómo lo encontraron, eso es milagroso.

¿Cuál es la gran lección que deja el Che?

¿Qué queda? Yo pienso que lo más grande son realmente los valores morales, la conciencia. El Che simboliza los más altos valores humanos, y un ejemplo extraordinario. Creó una gran aureola y una gran mística. Yo lo admiraba mucho, y lo apreciaba.

Siempre produce mucho afecto esa admiración. Y le expliqué la historia de por qué yo me acercaba mucho a él

Son muchos los recuerdos que nos dejó, imborrables, y por eso digo que es uno de los hombres más nobles, más extraordinarios y más desinteresados que he conocido, lo cual no tendría importancia si uno no cree que hombres como él existen por millones, millones y millones en las masas. Los hombres que se destacan de manera singular no podrían hacer nada si muchos millones, iguales que él, no tuvieran el embrión o no tuvieran la capacidad de adquirir esas cualidades. Por eso nuestra Revolución se interesó tanto por luchar contra el analfabetismo y por desarrollar la educación, para que todos sean como el Che.

Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba

 

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