LA NAVIDAD

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Por Victor Montoya -  Colaboracion compañera Maria Joaniquina.

 

La navidad no sólo sirve para celebrar el nacimiento de Cristo, sino también para beber y comer hasta por los codos. Esto lo constaté por primera vez en un hotel de Estocolmo, donde el administrador del restaurante, con una copa de vinglögg (ponche) en la mano, nos invitó a servirnos abundante comida navideña.

 

En una mesa metálica habían bandejas con lechones asados, una hilera de botellas de vino, presas de pavo y de gallina; pasteles, biscochos, papas fritas y cocidas; jamones, licores, cervezas, refrescos y una variedad de frutas y verduras, cuyos sabores, olores, colores y decorados constituían una verdadera fiesta para el paladar.

 

Al término de la comilona, y mientras los copos de nieve caían como si bailaran al rito de los villancicos, los camareros y cocineros tiraron las sobras en bolsas de plástico. No me convencía cómo este país, ubicado en el techo del mundo, podía ser tan rico siendo tan pequeño. No me cabía la idea, ni aun sabiendo que los países del hemisferio Norte eran ricos gracias a las riquezas naturales que durante siglos saquearon de los países del hemisferio Sur, sin dejarles más recompensa que la pobreza y el olvido.

 

Cuando me retiré a la habitación, desde cuya ventana podía divisar un lago congelado en medio de un paisaje que parecía una novia vestida con velo de nieve, me tendí en la cama, fijé la mirada en el cielo raso y pensé que en los países del llamado Tercer Mundo hay miles y millones de niños hacinados en humildes hogares, donde jamás llega el viejito pascuero con su trineo cargado con juguetes navideños.

 

Los niños y las niñas pobres, en los países más pobres del pobre planeta, trabajan en los basurales, disputándose los restos de comida con ratas, perros, cerdos y aves de rapiña. Los niños y las niñas pobres, que por ser pobres han perdido sus derechos más elementales, juntan latas, cartones, plásticos y vidrios, con la esperanza de no vagar por las calles como andariegos de la limosna. Los niños y las niñas pobres, víctimas del abuso sexual y los estupefacientes, se levantan y se acuestan a cielo abierto. Esnifan pegamento, se ríen de su suerte y juegan con la muerte. Son hijos de nadie y sueñan con los tres Reyes Magos que, montados a lomo de camello y guiados por una luminosa estrella, acuden al nacimiento del redentor de los pobres.

 

Antes de quedarme dormido, me prometí a mí mismo seguir siendo de izquierdas, mientras la injusticia campee en el mundo y no cambie la ley del embudo. Pensé también que los creyentes, por su parte, debían ponerse la mano al pecho y reflexionar que a Cristo no le hubiese gustado que celebren su natividad entre bombos y sonajas, entre unos que tienen todo y otros que no tienen nada, pues así como están las cosas, patas arriba, es probable que las heridas de su cuerpo vuelvan a sangrar, la corona de espinas le lastime la frente y les mire desde los maderos con una desilusión que a cualquiera le traspasaría el corazón.

 

Anexo 

 

No muchos nacemos con la misma estrella que deposita, tan generosamente, el niño Dios bajo el brazo de los nenes o, podríamos decir, la calcinante idea de una estrella que piadosa se posa en la frente de quienes convendríamos a corto plazo un destino completamente distinto a los que muchos la justicia les sonreiría con esa sonrisa de arroz tan particular a quienes les sobra ese futuro repleto de prosperidad.

 

Se supone que muchos de los que a diario abarcamos esta lucha tan infinitamente desigual nos inspira ese mismo sufijo de impotencia y eternos sentimientos de amor por esos muchos que para estas fechas poco y nada tienen que comer o, por lo menos, pasar una noche buena en paz sin el ambiguo sentimiento que solo un ser que haya vivido este tipo de situaciones entendería bajo el almidonante éxtasis que solo el hambre y el frio producen. Se supone, y júzguenme ustedes, que esa misma premisa que evoca nuestra idea de lucha lo suficientemente eterna como para trazar un complejo proyecto de vida termina por perderse en continuas palabras tan ajenas a los actos con la carente idea que el carácter lo traza uno mismo desdibujando el camino que bien muchos han procurado con su vida misma, bien lo decía el camarada Camilo Torres: “úntese de pueblo, trabaje con él, viva bajo las mismas condiciones y que con el tiempo no cometamos el pecado de aburguesamiento y sin traicionar nuestros principios”.

 

Pero que es, o, en que mentira despiadada recae todo este cuento de la navidad? … se me imposibilita pensar que niños mueran de hambre mientras en las mesas de muchos la comida desborda lo suficiente como para darle de comer a los basureros y los excesos aminore la estrafalaria realidad en la que vivimos y con arandelas peculiares representadas en tan interesantes diferenciales “chismesitos” de cocina como el circundante objetivismo que de manera añeja esgrimen demasiados desde tiempos inmemorables. Supongo que poco y nada censuran las palabras… o las revitalice tan verdaderamente inquietantes como para que los actos no sean el continuo ejemplo de los que aun mueren en sus convicciones esperando una ínfima paliativa de unidad y de lucha entera a muerte por lo que apenas entiendes que son derechos que a cada ser humano les corresponde por derecho propio… los derechos humanos no están escritos en las estrellas, somos los obreros y gente del proletariado que recordamos estos mismos con sangre.. Nuestra sangre. Supongo que siguen las palabras insuficientes y seguiremos con los actos porque nuestra fe en la victoria la reforzamos con todo y vida.

 

Hasta la victoria siempre..

 

Johan Doncel

 


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