Hambre mundial, el precio de la codicia y la imprevisión

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Fuente: Social Watch

 

La especulación en tierras y productos básicos, el boom de los biocombustibles, las políticas agrícolas y de asistencia implementadas por países ricos e instituciones multilaterales y el cambio climático exacerban la crisis alimentaria mundial, como quedó en evidencia en varios capítulos del Informe de Social Watch 2012.

 

Más pruebas surgieron en dos estudios posteriores, uno elaborado por Amigos de la Tierra Europa y otro por las organizaciones humanitarias Save the Children y Oxfam.

 

Al mismo tiempo, el director general adjunto de la FAO, Hiroyuki Konuma, advirtió que “el aumento de las inversiones es de importancia crítica para reducir el déficit de compromisos prevaleciente” en materia de seguridad alimentaria, pero “elevaron las demandas y presiones” en el sector agrícola “e instalaron tensiones en los sistemas de tenencia de tierras”.

 

“En algunos casos, esas inversiones se hicieron a costas de los derechos sobre la tierra de hombres y mujeres pobres”, se lamentó Konuma al abrir la semana pasada en Bangkok la Consulta a Expertos sobre Inversiones Agrícolas y Acceso a la Tierra convocada por la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura).

 

En su informe, titulado “Farming Money” (“Cosechando dinero”), Amigos de la Tierra Europa expuso el alcance de la especulación con productos básicos y con compras de tierras a manos de firmas financieras europeas. El estudio revela la participación de 29 bancos, fondos de pensión y compañías de seguros de ese continente en “actividades destructivas” que “conducen a una catastrófica inestabilidad en los precios mundiales de los alimentos, precipitando a millones de personas a la pobreza y el hambre”, según Daniel Pentzlin, directivo de esa organización ambientalista europea.

 

“Bancos, aseguradoras y fondos europeos […] hacen apuestas con vidas humanas acumulan un enorme lucro. Se requiere una estricta regulación del sector para proteger a los más pobres”, agregó Pentzlin.

 

El informe explica que, con la incertidumbre financiera mundial, “las inversiones de productos agrícolas a futuro se han vuelto cada día más atractivos para los inversores y especuladores financieros. Miles de millones de euros y de dólares inundan y se repliegan de los mercados de productos básicos, causando repentinos picos de precios […]. Cuando el encarecimiento golpea más duro a los más vulnerables, amenazando su derecho al alimento, las oscilaciones rápidas de precios también afectan a los agricultores pobres.”

 

“La creciente demanda por biocombustibles fue un gran factor en la reciente ola de encarecimiento de los productos agrícolas. Las políticas [de aliento a esa fuente de energía] crearon un shock de demanda. Tierras y cosechas dejan de dedicarse a la producción de alimentos, hay menos comida en oferta y los precios crecen”, según el estudio.

 

La crisis de 2011 no fue un caso aislado

 

El informe elaborado por Save the Children y Oxfam, titulado “Un retraso peligroso”, trata de explicar la tardanza en la respuesta internacional a la crisis alimentaria en el Cuerno de África. “Esta crisis se ha producido a pesar de que se había pronosticado. Aunque la sequía provocó la crisis, fueron factores humanos los que la convirtieron en una emergencia mortal”, escribieron sus autores.

 

“Desgraciadamente, la crisis de 2011 no es un caso aislado”, agregaron. “La respuesta a la sequía siempre es demasiado escasa y demasiado tardía, lo cual constituye un fracaso del conjunto del sistema internacional, tanto “humanitario” como de “desarrollo”. El resultado de este fracaso es que las personas afectadas […] pierden sus medios de vida y puede que sus propias vidas. Las mujeres suelen ser las más perjudicadas, ya que generalmente son las últimas en comer, y quienes menos comen. Además, el hambre amenaza la salud y el desarrollo de los niños y niñas, y por tanto el bienestar de las generaciones futuras.”

 

“En el Cuerno de África existían indicios de que se avecinaba una crisis ya desde agosto de 2010. En noviembre de 2010 se repitieron estas señales, cuya intensidad aumentó a principios de 2011. Algunos actores respondieron en ese momento, pero la respuesta a gran escala sólo se produjo después de que no se registrasen lluvias por segunda vez consecutiva. Para entonces, en algunos lugares las personas ya estaban muriendo. Muchas habían perdido sus medios de vida y muchas más –sobre todo mujeres y niños– estaban sufriendo dificultades extremas”, según el informe.

 

“La recaudación de grandes sumas para una respuesta humanitaria depende de que exista una atención considerable por parte de los medios [de comunicación] y de la opinión pública, lo cual no sucedió hasta que la situación fue crítica. Pero no se trata de eso. Esperar a que se produzca una situación crítica para responder no es la manera adecuada de abordar la vulnerabilidad crónica y las sequías recurrentes en lugares como el Cuerno de África”, explica “Un retraso peligroso”.

 

“Es una prioridad situar la adaptación al cambio climático y la reducción del riesgo de desastres en el corazón del enfoque de desarrollo”, concluye el estudio.

 

Los recursos mundiales son suficientes

 

El Informe de Social Watch 2012 destaca que en el planeta hay “abundancia” de recursos, los cuales “son suficientes para cubrir las necesidades fundamentales de los 7.000 millones de habitantes del mundo”. “Sin embargo, demasiados padecen hambre. Según el informe 2010 de la FAO, 850 millones de personas sufren hambre, y esa cifra crece por el aumento en el precio de los alimentos”, escribió Roberto Bissio, coordinador de esta red mundial de organizaciones de la sociedad civil, en el resumen que prologa el estudio. “La especulación financiera y de mercancías ha socavado la seguridad alimentaria y causado la retirada de millones de hectáreas de tierra de la producción de alimentos para dedicarlas a usos no sustentables”, explicó el Grupo de Reflexión de la Sociedad Civil sobre Desarrollo Mundial, integrado por miembros destacados de Social Watch, la Fundación Friedrich Ebert, terre des hommes, Third World Network, la Fundación Dag Hammarskjöld, DAWN y el Global Policy Forum.

 

En el capítulo del informe titulado “Rio+20 y más allá: Sin futuro no hay justicia”, el Grupo advirtió que “las políticas económicas contradicen en muchas ocasiones los compromisos sobre derechos y sustentabilidad, dado que éstas y sus instituciones afines, nacionales e internacionales, ocupan el ápice de los dominios de gobernanza. Estas políticas confían demasiado en los mercados para asignar recursos de las sociedades y distribuir su riqueza, con el crecimiento del PIB como medida definitiva de bienestar. La consecuencia es un incremento en la concentración y en los paquetes accionarios de unas pocas corporaciones transnacionales, en particular en los sectores de alimentos y medicinas.”

 

La Red Árabe de Organizaciones No Gubernamentales de Desarrollo (ANND) fue más allá en su capítulo del informe al observar que “las políticas energéticas no sustentables y mal administradas […] solo han agudizado la amenaza mundial del cambio climático, además de poner en peligro la seguridad alimentaria y del agua por medio de tecnologías como la primera generación de biocombustibles, que desatan una innecesaria rivalidad entre la energía y los alimentos”.

 

Agronegocios desplazan a las comunidades locales

 

Mirjam van Reisen, de la Universidad de Tilburg University, y Simon Stocker y Georgina Carr, ambos de Eurostep, criticaron la meta de la Unión Europea (UE) de cubrir 20% de las necesidades energéticas del bloque de un elenco de fuentes renovables que incluye los biocombustibles. Esa política condujo “a la apropiación de tierras por parte de agronegocios colosales, que no solo desplazan a las comunidades locales sino que contribuyen también a la inseguridad alimentaria, pues tierras antes utilizadas para la producción de alimentos ahora sirven para garantizar la seguridad energética de la UE”.

 

“La Política Agrícola Común de la UE también es objeto de intensas críticas por fomentar relaciones comerciales inmensamente desiguales entre los agricultores en Europa y en el Sur global. En particular, la dependencia de la UE de la importación de pienso para animales, especialmente soja, ha contribuido a la creciente demanda de tierras en el extranjero, lo que ha causado deforestación, desplazamiento de comunidades y expansión de los cultivos transgénicos en América del Sur, con los consecuentes efectos ambientales y sociales negativos”, agrega el capítulo escrito por Van Reisen, Stocker y Carr.

 

“Además, los subsidios de la UE a las exportaciones alientan la sobreproducción de ciertos cultivos, lo que lleva al bloque a deshacerse de su superávit agrícola en el mercado mundial, es decir, a vender a precios inferiores a los que regirían sin esa distorsión, en muchos casos inferiores aun al costo de producción. Esto ha impulsado en los últimos decenios la tendencia general a la baja de los precios agrícolas mundiales, reduciendo las oportunidades de inclusión equitativa de la producción del mundo en desarrollo en los mercados”, según los expertos.

 

“La competencia por la adquisición de tierras en África y en otros lugares, una respuesta segura a la volatilidad financiera, lleva la producción europea hacia los países en desarrollo y socava la capacidad de subsistencia de los pequeños agricultores. Recientemente, 300 mil hectáreas de tierras fueron adquiridas en Etiopía para la producción agrícola intensiva de exportación, lo que sucedía al mismo tiempo que organizaciones humanitarias procuraban fondos para luchar contra la creciente hambruna causada por la pérdida de los medios de vida de la población rural”, concluyeron.

 

Los tres expertos también acusaron a la “autorregulación del sector privado”, un “enfoque adoptado y fomentado por la UE en común con otros países industrializados”.

 

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